150 AÑOS DE TRADICIÓN. AYER Y HOY FVD.

150 AÑOS DE TRADICIÓN. AYER Y HOY FVD.
FOTO REALIZADA POR GERMAN FOLZ
Evocar y no olvidar a aquellos que nos precedieron, recordar esa es la opción de los hombres sensibles que cursaron en tus aulas glorioso Colegio.
Pasaremos lista a las legiones de exalumnos que pasaron por tus aulas, y si se me permite un poco de humor: "de los buenos tenemos los mejores...y de los no tan buenos también tenemos los mejores"

martes 24 de febrero de 2009

MICHEL IRIART:

Aquí les transcribo diversos reportajes realizados a nuestro querido Michel.















EL HOMBRE QUE NACIÓ Y ELIGIÓ PERMANECER JOVEN

Condecorado por el gobierno francés por su valentía en la Segunda Guerra Mundial, Michel Iriart se dedicó luego al periodismo y fue director de AFP en 15 países de América latina donde conoció a las personalidades más influyentes de la región.

Entrevistar a un periodista suele ser más complicado que efectuarle preguntas a otro individuo que desconozca los vericuetos del reportaje. De todos modos, Michel Iriart es un hombre cálido que se abre a la memoria no sin antes advertir: “los malos recuerdos los he borrado; los buenos, los guardo para siempre”. Iriart rememora su pasado con humildad y sólo coquetea con el orgullo cuando se refiere a su nieta cineasta mexicana.

Iriart nació hace 87 años en Almagro, en el barrio en el que su padre se convirtió en el primer back derecho de San Lorenzo. Iriart significa ´del medio de la ciudad´ (“si hubiese sido inglés sería “Middletown”, invita a reírse con él) pero su destino estuvo signado por los viajes y una vida errante, lejos del centro de una ciudad en particular, pero siempre en el epicentro de aquellos sucesos más importantes del siglo XX.

La reunión transcurre antes de la cena semanal a la que Iriart concurre de modo religioso en el Centro de ex Combatientes de Francia, en el barrio porteño de San Cristóbal. Allí, distintas generaciones de franceses que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, en Indochina, en Argelia, en Vietnam y miembros del cuerpo de elite del Ejército galo, la Legión Extranjera, comparten sus historias en una mesa eterna donde degustan las exquisiteces del lugar. También participan de la misma argentinos sin ningún antepasado francés pero que han aprendido a amar aquellas costumbres y el acento amén de la amistad que los une con los otrora soldados.

Iriart, vicepresidente del Centro, muestra orgulloso el sitio que alguna vez fuera la casa donde la viuda de Canale recibiera y hospedara a sus amistades que llegaban del exterior o interior del país. Aquella casa pertenece a los ex combatientes desde hace 67 años.

A los 21 años, Iriart se escondió en la chimenea de un buque Trasatlántico que llevaba a 400 voluntarios rumbo a la Segunda Guerra Mundial. Aquellos jóvenes y mujeres con sus niños confiaban en Charles De Gaulle, el único general francés que contribuyó a la derrota de Adolf Hitler. Sin despedirse de su madre, Iriart comenzó una eterna travesía cuyo primer capítulo comenzaría en Bermudas donde el buque debió sortear los torpedos alemanes. Quince barcos estadounidenses salieron a su rescate y pudieron así llegar los voluntarios a New York. Luego, el viaje siguió por Noruega hasta Inglaterra rumbo al destino que lo albergaría por dos años: la Escuela Militar de Ribbers Ford (Saint-Cyr). “Justo el día del desembarco el 6 de junio de 1944, me recibí de subteniente”, señala la coincidencia Iriart.

Gracias a su dominio del francés, el inglés, el italiano y el castellano, Iriart fue el elegido para llevar los mensajes de los Comandantes en Jefe de una punta a otra a bordo de su moto y con la compañía de una “mochilita” (así en diminutivo, no de modo despectivo, sino con un apelativo cariñoso). Fue recién cuando volvió a la Argentina cuando Iriart advirtió que la “mochilita” estaba perforada de modo transversal y que se había salvado de milagro tras recibir un disparo paralelo a su espalda.

Iriart fue condecorado hace tres años por el gobierno de París. Antes de haber cumplido los 25 años, Iriart se convertía (sin saberlo hasta escasos años atrás) en el Teniente que entró en París para la liberar a la ciudad de los nazis. “Antes me había condecorado el presidente de la República porque yo era el Teniente que comandaba el escuadrón que tomó la casa de Hitler en los Alpes, en Berchtesgaden”, apunta.

Luego fui comandante en Vietnam. “En el Ejército me veían a mí y decían ´¿Cómo este puede ser comandante?´, es que siempre tuve cara de nene”, recuerda.

La presión de sus padres por lograr que su hijo retornara a la Argentina condujo a Iriart de regreso y allí tuvo dos opciones: lanero o periodista. Eligió la última alternativa y su vida no fue mucho más apacible que en el campo de batalla. En la Argentina, Iriart fue director de Agence France-Presse por 9 años y luego se desempeñó en aquel cargo en quince países de América latina.

“Me la he pasado tres días escribiendo a máquina tomando pastillas para no dormir” y repasa en una misma oración los temblores de tierra en Chile, la guerra civil en Bolivia, y el día que conoció a Lyndon B. Johnson. Iriart cubrió en 1960 la noticia que recorrió el mundo, hoy una anécdota de las relaciones internacionales, sobre aquel momento en el que Nikita Kruschev se quitó su zapato en el atril de las Naciones Unidas.

Iriart cubrió los primeros nueve Juegos Panamericanos, es decir, esta fue su responsabilidad durante 36 años, y es hasta el día de la fecha un gran especialista en básquetbol, pero nunca jugó a este deporte: “La única vez que tuve contacto con una pelota, veía un partido mientras fumaba mi pipa y la pelota fue a parar justo a ella que se hizo pedazos”.

“No me gusta hablar de hazañas. Yo he tenido mucha suerte” explica Iriart y admite que también fue su madre, quien iba a misa todos los días a las 6.30 de la mañana a rezar por él, lo que lo pudo haber mantenido con vida durante sus años en el Ejército. Aunque la hipótesis que más lo convence es la de su juventud. “Yo nací joven-repite-y decidí quedarme así”.



En 1942, estaba en 3º año de derecho cuando decidí ir a la guerra como voluntario ; no aguantaba más ver todo de lejos. Acababa de cumplir los 21 años y ya había trabajado para el Comité de Gaulle, una institución que había sido creada para ayudar a los voluntarios que querían ir a Londres. Me fuí en febrero de 1942. ¡ Que travesía ! nuestro convoy fue torpedeado en el mar. Por fin llegué a Londres donde entré a la Escuela militar de la Francia Libre. Después de dos años de formación, participé en el desembarco del 6 de junio de 1944, en el sector canadiense de Junot Beach, como oficial de enlace entre el ejército de Bradley en el Cotentin et el de Montgomery en Caen. ¡ Llegué a París un día antes de la Liberación ! Incorporado luego en la 2ème DB, hice la campaña de Francia, luego la campaña de Alemania hasta Berchtesgaden. En el 45, seguí en el ejercito y me fuí a Indochina donde llegué en agosto. Durante un año y medio, combatí en Cochinchina, Laos, Cambodia y el Annam. En 1947, dejé el ejercito como con el grado de capitán.

Colaboro con los «Ex-Combatientes» con mi amigo Pierre Anglade, también vasco, de Navarrenx. La asociación « Union francesa de Ex-Combatientes» fue creada en 1920 a la vuelta de los soldados que habían luchado durante la Primera Guerra Mundial. Fueron más de 1 000 los que salieron de Buenos Aires para combatir durante la Primera Guerra Mundial, conscriptos o voluntarios, 250 no volvieron. Trabajé para la Agencia France Presse donde hice toda mi carrera como director para el cono sur, y desde que me jubilé, soy presidente del centro vasco de de Buenos Aires.











Por Susana Viau
Michel Iriart, padre, vasco francés nacido en Saint-Jean-Pied-de-Pont, periodista y, ad maiorem gloriam suam, primer back derecho de San Lorenzo de Almagro, no calculó que a su hijo, Michel Iriart como él, alumno del Euskal Echea y del San José, el peso de esa cultura que atraviesa los Pirineos y cuyos orígenes aún se discuten, lo fuera a llevar tan lejos. Tan lejos y tan alto, porque el 5 de mayo de 1945 el joven teniente Iriart, al mando de 30 hombres de la IX Compañía de la II División Blindada de Leclerc, llegó a Berchtesgaden, en los Alpes bávaros, a 1800 metros sobre el nivel del mar, para hacer flamear la bandera azul, blanca y roja sobre el Nido del Aguila, la residencia de verano de Adolf Hitler. Tenía 25 años, se había criado en Almagro y había terminado el tercer curso de Derecho.

Berchtesgaden, sin embargo, no era su primera performance. Con el Regimiento de Marcha del Chad (la División Leclerc) había desembarcado en Normandía, entrado a París en misión secreta en la noche del 24 de agosto de 1944 y regresado al día siguiente, el de la Liberación, con el grueso de la tropa. Al fin de la guerra siguió a Philippe François Marie, conde de Hauteclocque, mariscal de Francia, o Jacques-Philippe Leclerc, si se prefiere su identidad de la Resistencia, hasta Indochina. Allí Iriart obtuvo las insignias de capitán. Pudo haberse quedado en Francia y vaya a saber por qué volvió a Buenos Aires. En el viaje de retorno conoció a la que sería su mujer, luego se volcó al periodismo, fue subdirector de France Presse en Buenos Aires, jefe de la agencia en Chile y responsable del área de América Latina, es miembro de la directiva del Centro Vasco Francés y de la Unión Francesa de Ex Combatientes. Hace unos años lo condecoraron con la Légion d’Honneur.

–¿Caballero de la Legión de Honor?
–No. Oficial. Es más que Caballero.
El enorme salón de actos de “les Anciens Combattants” está en refacciones y han tenido que descolgar el ala del avión de la Primera Guerra que decora una de sus paredes. “Era de la máquina de Georges Guynemer, un as de la aviación –explica Iriart–, como el Barón Rojo.” Después, Iriart señala el interior de la vitrina que guarda los trofeos del coronel Maurice Duclos: el képi, un cornetín, banderines, medallas al por mayor. Al lado, un enorme retrato de Charles De Gaulle. “Tuvimos que restaurarlo –se disculpa Iriart– porque un tipo le clavó un cuchillo en un ojo.”


–¿Y eso?
El ex combatiente se encoge de hombros y hace un gesto de desprecio.
–Un pétainista. El ojo quedó bastante bien.
Pétain y Vichy son nombres que evocan la colaboración, la rendición, y no suenan bien en ese caserón porteño, un pequeño museo de la Francia Libre. En cuanto al cuadro, si se lo observa con cuidado se advierte que uno de los ojos del general está más abierto que el otro, como una herida de guerra, como una prótesis. Un camarada se acerca y abraza a Iriart: “Es un héroe. Una gloria. Desembarcó en Normandía. No quedan muchos”. Tenía 19 años cuando se alistó y 21 al partir. Lo hizo en secreto y se escondió de su madre hasta que el “Highland Brigade” soltó amarras. Recién entonces salió a cubierta, a saludarla.


–¿Se había registrado en la embajada?
–No. La embajada era pétainista. Me contacté con el Comité De Gaulle. De aquí se fueron unos 400 a pelear, muchos de ellos eran marinos y estaban en Buenos Aires cuando Francia se rindió. Con el “Highland Brigade” atravesamos el Atlántico. Fue un mes sin tocar tierra. Lo hicimos en las Bermudas. De ahí fuimos hacia Nueva York. Hicimos Canadá, Islandia, Noruega y Liverpool. No era fácil que a uno lo aceptaran. Desconfiaban mucho de la gente que llegaba, así que nos llevaron a la Patriotic School, un centro de investigación que hizo los primeros interrogatorios. De ahí me trasladaron a otro, del que salí aprobado. El paso siguiente fue un campo muy grande, el mayor del ejército de De Gaulle, y me afectaron a un batallón de baterías de Madagascar. Un día, de casualidad, pasó el comandante en jefe y preguntó de dónde era y qué sabía hacer. Le contesté que era estudiante de Derecho. “¿Y qué está haciendo acá?”, me dijo. Enseguida llamó a un sargento y le ordenó que hiciera un pedido de traslado a la escuela militar francesa y se lo llevara de inmediato. Lo firmó ahí mismo. Hice dos años en la academia militar que estaba emplazada cerca de Birmingham. El día del desembarco en Normandía, el 6 de junio del ’44, me gradué como subteniente.

Michel Iriart se abstiene de imprimir ribetes heroicos a un relato que se desenvuelve tan equidistante de la humildad como de la pedantería. Parece no hacerse cargo de que, al fin de cuentas, su historia forma parte de las últimas guerras románticas, de una épica a gran escala sepultada a mediados del siglo XX por los bombazos de Hiroshima y Nagasaki. Por eso cuenta en tono trivial que, cuando a las dos semanas del “día D” alcanzó suelo francés, “los alemanes estaban todavía por ahí, en Bayeux, la ciudad de los tapices.


Como yo hablaba español, inglés y francés, me designaron oficial de enlace entre el general Omar Bradley, que mandaba las tropas norteamericanas en Contentin, y el mariscal Bernard Montgomery, que estaba en Caen. Andaba en una moto y llevaba mensajes que parecía que eran muy importantes en una mochilita. Pasado un tiempo, el comandante segundo de la escuela militar dijo que estaba perdiendo el tiempo y me llevó con él. Me confió que teníamos que ir a una ciudad cerca de París. Más tarde me enteré de que tenía que ver a De Gaulle, que le entregó directivas para Georges Bidault, el presidente del Consejo Nacional de la Resistencia. Esa misma noche nos fuimos en el jeep con mi comandante, de Cabrol, un famoso jinete, un noble, oficial de caballería. El entró al despacho donde estaba Bidault y yo me quedé afuera, en la antesala, con la secretaria, a la que llamaban ‘Crapotte’, y que después se casó con Bidaut. Ella, subida a una mesa, me explicaba sobre un mapa dónde tenía que ir. Al día siguiente fue la liberación de París y volví a entrar con el grueso de las tropas de Leclerc”.


Al joven teniente Iriart le aburría andar de acá para allá con la moto. Los nazis se habían rendido en París, pero la guerra continuaba. Lo transfirieron provisoriamente a una oficina de autorizaciones que estaba a metros de la Place Vendôme.


–El jefe era el comandante Lambert, un arquitecto que se había radicado en Hollywood y era muy amigo de Marlene Dietrich, que acababa de llegar. Me pidió que me ocupara de buscarla y pasearla por París porque él no tenía tiempo. Ella estaba alojada en el Ritz. Llegué con el auto de mi comandante, un auto común pero con la Cruz de Lorena estampada en la puerta. Cuando ella la vio y se dio cuenta de que la vereda estaba llena de gente esperándola, se arrodilló y besó el escudo de Francia Libre.

Pese a las anécdotas, esa tarea seguía sin gustarme y pedí ser trasladado al frente. Un subteniente me llevó a Lorena y se presentó al famoso capitán Raymond Dronne: “Mi coronel –le informó–, éste es el teniente Iriart, que ha sido afectado a su compañía”. Dronne nos miró y contestó: “Yo no lo he pedido, así que como vino se va”. Como llovía y había muchísimo barro, parecía la guerra del ’14.


El subteniente le preguntó si podíamos esperar a que pasara la tormenta y Dronne aceptó que nos quedáramos a cenar. Durante la comida quiso saber de dónde venía yo, porque me notaba un acento raro. Cuando le aclaré que era argentino se puso como loco. “¡Argentino! ¡Entonces habla español! Ya mismo se hace cargo de la Tercera Sección”.



El jefe de la Tercera Sección, Portere, estaba muy malherido y los soldados de la IX Compañía eran casi todos españoles, por eso la llamaban “la nueve”, en castellano. A la mañana siguiente, según era costumbre entre las tropas francesas, se reunió la compañía y el capitán me presentó como nuevo jefe de la Tercera Sección. Yo tenía mucha cara de pibe y resultaba un poco incómodo porque eran anarquistas, dinamiteros, habían peleado en la Guerra Civil. Antes de que la formación se disolviera les pedí que se quedaran unos segundos.

En francés les comuniqué que me sentía muy orgulloso de estar al frente de un grupo con tanto mérito y que, dado que entre ellos había españoles, les iba a hablar en castellano, porque yo era argentino. Les cambió la cara. Con algunos de ellos me sigo escribiendo. Los que sobrevivieron se fueron sobre todo a Barcelona.


–¿Cuántos hombres tenía a su cargo?
–La Tercera Sección tenía 60 hombres, parte de una compañía de 180, al mando de Dronne, uno de los oficiales más admirados de Francia Libre, un tipo muy culto. Nosotros estábamos en Lorena, pero tuvimos que atravesar el Rhin, como podíamos, porque los puentes estaban rotos.

Llegamos a un lugar que se llama Inzell, cerca de Berchtesgaden y ahí tuvimos un problema muy grande, un ataque de los SS que nos produjo bastantes bajas. Uno de los muertos fue mi asistente, Tolka Bolgoff, hijo de rusos blancos residentes en Francia. Tenía 18 años y faltaban 6 horas para terminar la guerra. La cuestión es que seguimos avanzando y nos encontramos con los americanos, que usted ya sabe siempre querían llegar primero. El capitán americano, que era paracaidista, me dijo que venía a relevarme, que habíamos trabajado muy bien. ¡Claro que habíamos trabajado muy bien! Ellos hicieron un kilómetro y se toparon con un puesto alemán. Entonces nos volvieron a mandar a la vanguardia “porque conocíamos mejor la región”.


–¿La cuestión era qué bandera ondearía en el Nido del Aguila, no?
–Yo sabía que los americanos seguían con su idea de llegar primeros a la casa de verano de Hitler, entonces llamé a mi segundo y le ordené que tomara la mitad de los hombres, los que estaban en peor estado, nos siguieran a distancia y no dejaran pasar a los americanos.

Los americanos nos indicaron que no nos alejáramos demasiado y estaban convencidos de que no lo hacíamos porque lo que veían cerca era mi retaguardia, que estaba a unos dos kilómetros. La casa de Hitler estaba algo averiada, porque los ingleses la había bombardeado el 24 de abril, creo, y era el 5 de mayo.
En un corredor encontramos a un alemán que se había suicidado. Ocupamos, desplegamos la bandera y llegaron tropas francesas de todos lados. El americano se agarró una bronca fenomenal y juró que me iba a matar. Por eso me mandaron a otra aldea. Nosotros éramos parte del ejército americano.

La División Leclerc, pese a que tenía 26 mil hombres, formaba parte del Tercer Ejército de Patton. Bueno, como los americanos ya no nos querían más allí, regresamos a Francia por el Sarre.


–¿Jean Gabin estuvo a sus órdenes?
–Lo tuve durante el ataque a Berchtesgaden, me lo asignaron. Era jefe de un Shermann. En realidad, él era marino, pero no había más barcos de guerra en Francia. Entonces se armó un regimiento de blindados con los que habían sido fusileros navales. Gabin andaba con la gorrita. Era un artista, descuidado, indisciplinado. Un día estábamos descansando cerca de un lago y lo veo desnudo, paseando por la playa. Era muy blanco y rosadito, parecía un bebé grande. Lo llamé y le dije: “Gabin, por favor, póngase un pantaloncito, un short, un flottant”. El va y me contesta: “Sos demasiado joven darme órdenes”. Le dije que hiciera la valija y se fuera. Agarré el jeep, fui a ver a mi comandante y le pedí que lo trasladara. No me gustaba el tipo, no sé.


–¿La guerra terminó para usted en Berchtesgaden?
–No. Cuando regresamos a Francia me licenciaron y me fui de vacaciones al País Vasco. Era agosto y me llegó un telegrama. “Los japoneses se han rendido –decía, más o menos–. Tenemos que reocupar Indochina.” Y allí fuimos.

Pertenecí al primer destacamento que desembarcó. Estuve en Cochinchina. La pasamos brava en el delta del Mekong, porque atacaban los guerrilleros, había japoneses que todavía andaban por allí y nosotros éramos pocos.

Leclerc era el comandante. Dronne también estaba. En un momento fui jefe del escuadrón de escolta de Leclerc. Y tuve de compañero a su hijo. Yo ya era capitán y había pasado el año y medio que debía estar en Indochina. Tenía que volver a Francia para entrar a la escuela de guerra. Cuando me tocó irme le di el comando al hijo de Leclerc. Era muy impulsivo. Como todo hijo de un personaje famoso, sentía que tenía la obligación de estar a la altura del padre. Nunca volvió de Indochina. Lo mataron. La madre siempre me preguntaba si yo no guardaba alguna foto del muchacho. Solía verla para el 25 de agosto, porque después de la misa en Notre Dame íbamos todos a comer a la casa de la División Leclerc. Mi jefe en Indochina había sido el general Massu. Cuando nos encontrábamos me decía: “Oh, mon venezuelien!” y yo lo corregía: “Argentin, mon général, argentin”. Si me hubiera quedado en Francia hubiera sido general, seguro que hubiera llegado a general. Volví de indochina en 1946 y me desmovilizaron acá, en Buenos Aires, en 1947. Ahí se terminó mi odisea.


–¿Lo condecoraron?
–Por Berchtesgaden. Me dieron la Cruz de Guerra de Francia. Y ahora, hace tres o cuatro años, una rata de biblioteca encontró mi nombre entre los oficiales de la División Leclerc y me concedieron la Legión de Honor.


–¿Qué es lo que recuerda con más dolor?
–La muerte de Bolgoff. Murió pegado a mí. Un oficial de la SS salió de golpe y nos ametralló. Recibió todos los tiros en la cara. No tuve coraje de ir a ver a sus padres. ¿Cómo les decía que a él lo mataron a mi lado y yo seguía vivo?


–¿Y el mejor de los recuerdos?
–Participar en el Desfile de la Victoria, en París, delante de De Gaulle. Pasamos a la cabeza porque fuimos los primeros en entrar en combate y los últimos en dejar de pelear.


–¿Cómo se llamaba su tanque?
–No era un tanque, sino un medio tanque, un blindado. Se llamaba Sarra. Todos tenían nombres africanos porque mi unidad era de origen africano, del Chad. Otro se llamaba Tmessa. Estuve buscando esas miniaturas que hay, de blindados, de colección, ¿vio? Quería ponerles el nombre de los seis que formaban mi sección, pero no encontré. No pierdo la esperanza.


–¿Sintió miedo?
–Miedo nunca tuve. Uno recuerda la angustia, la angustia de no saber qué va a pasar. Creo que es por el silencio. No sé por qué pero siempre antes de una batalla hay silencio.


–¿Cantaban para calmar esa angustia?
–Sí. Mucho, pero sobre todo la nuestra, la de la IIDB: “Division de fer/toujours en avant/Les gars de Leclerc/passent en chantant/La victoire n’attend pas”.

Veterano combatiente de la Segunda Guerra Mundial y del conflicto de Indochina estuvo siempre donde hubo acción
A los 81 años recién cumplidos, con su pelo ensortijado y rodeado de su colección de pipas preferidas, Michel Iriart es un conversador atrapante, con un guiño cómplice siempre listo y una fascinante vida atrás (digna de una obra de Stendhal), una vida aventurera que sabe conjugar con la calidad del excelente narrador que es.































Por Ernesto G. Castrillón y Luis Casabal De la Redacción de La Nación


Nacido en el corazón del barrio de Almagro el 25 de febrero de 1920, este orgulloso descendiente de vascos franceses es hijo de un destacado periodista francés que llegó a la Argentina en su juventud, fue director en Buenos Aires de Havas (la agencia noticiosa que posteriormente se convertiría en France-Presse) y falleció en 1967. Al producirse la Segunda Guerra Mundial, Michel Iriart llevaba, todavía, una existencia "ordinaria". Estudiaba Derecho y había hecho algunas experiencias periodísticas juveniles, participando en las actividades de la colectividad francesa en el país. Todo iba a cambiar muy pronto. Tras la invasión alemana y la caída de París llegaron a Buenos Aires los encendidos términos del llamamiento del 18 de junio de 1940 de Charles de Gaulle (realizado desde Londres) a los franceses de todo el mundo que no aceptaban la derrota con resignación y querían continuar la lucha. Se contactó, entonces, con el Comité De Gaulle de Buenos Aires, que funcionaba en la calle San Martín, ofreciéndose como voluntario para el combate. "Yo me enganché acá -recuerda Iriart-, en el comité local, pero no quería molestar a mi padre, que por entonces trabajaba para la agencia Havas, así que no le dije nada a nadie. Después de más de un año de colaborar en el Comité De Gaulle, me mandaron a Inglaterra a recibir entrenamiento militar. Me fui en un barco que navegaba solo, cargado de ingleses y polacos residentes en la Argentina que iban a hacer lo mismo que yo, a combatir contra los nazis. Llegamos a Bermudas, y a la salida de allí nos torpedeó un submarino alemán. Un barco norteamericano nos llevó luego a Nueva York y desde ese punto fuimos a Halifax, donde nuevamente nos embarcamos, esta vez en un convoy de 99 barcos, 83 de los cuales eran petroleros que llevaban combustible a los rusos, en Arcángel. Eramos una invitación flotante al desastre si se aparecían los submarinos alemanes. Uno de los buques fue torpedeado, y a nosotros nos atacaron los Fokker Wulf-190 de la Luftwaffe. Finalmente, nuestro barco se desprendió del convoy y llegó a Southampton, donde pudimos desembarcar." Durante dos años, Iriart estudió en el Colegio Militar francés (que en tiempos normales tenía su sede en Saint Cyr y que entonces funcionaba provisionalmente en Bewdley, en Inglaterra), recibiéndose de subteniente justo el 6 de junio de 1944, el día del desembarco de Normandía. Allí, en Bewdley, tendría un duradero impacto emocional al conocer al legendario general De Gaulle, de quien se convertiría en un admirador incondicional hasta el día de hoy. "A De Gaulle -recuerda- lo conocí en el Colegio Militar. Lo saludé y le dije que era argentino. Me prometió que algún día iba a venir a mi país (en 1964 lo cumplió). Era un tipo extraordinario De Gaulle, bueno, yo soy gaullista. "Primero, como militar fue el único que atacó a los alemanes en la campaña del 40. Antes, en el período de la entreguerra, los militares germanos habían copiado sus planes de la moderna utilización de los tanques. La Blitzkrieg estaba inspirada en él. Entonces, se metió de político y fue uno muy grande. Y si no hubiera sido militar o político, hubiera sido escritor, o se hubiera destacado en algo". "Personalmente era un poco duro, austero. No se reía jamás, aunque tenía buen sentido del humor. Un día, recuerdo que De Gaulle viajó con una avioneta a un campo de batalla donde lo recibieron varios generales franceses, entre ellos el general de paracaidistas Jacques Emile Massu, que era un incondicional suyo. Massu lo esperaba ahí, entonces, y De Gaulle le dijo: ÔMassu, qué tal, siempre tan estúpido´; ÔSiempre gaullista, mi general´, le respondió éste. Ahí sí vi a De Gaulle sonreír secamente, pero fue una rara ocasión." Días después del desembarco de Normandía, como flamante subteniente, Michel Iriart pisó suelo francés. Se desempeñaría entonces como oficial de enlace porque hablaba tres idiomas (inglés, francés y español) entendiéndose además a la región de Saint-L™. "La zona estaba atestada de cañones norteamericanos, porque esos tipos no corren riesgos. Ponían sus mil cañones, arrasaban con todo, y después avanzaban". Como oficial de enlace, tuvo la oportunidad de conocer a algunos de los comandantes aliados más importantes. "El general Omar N. Bradley era un buen tipo. Grandote, muy norteamericano. En el fondo, me pareció el jefe más inteligente, un tipo de mucha cancha y frialdad en las situaciones difíciles. El mariscal Montgomery, en cambio, era un inglés típico, de colonia, muy pausado, con mucho sentido de la prudencia. Demasiado Ôbritish´. A las cinco, el five o´clock tea; después, cuando caía el sol, nunca antes, el whisky en su tienda."
General con breeches Posteriormente, como oficial de blindados junto al general francés Jacques Philippe Leclerc, Iriart tendría la ocasión de conocer a otro legendario jefe aliado. "La división de Leclerc -aclara- pertenecía al III Ejército norteamericano, así que el general George S. Patton era el jefe supremo nuestro. Lo vi personalmente en alguna ocasión. Tenía las pistolas con las cachas de nácar y pantalones tipo breeches de montar. Era muy querido por sus tropas, norteamericano típico, campechano. Pero no se parecía (contra lo que cree mucha gente) al fallecido actor George C. Scott que lo hizo en el cine. Tenía un rostro más cuadrado que el de Scott." Posteriormente, el joven oficial tuvo la oportunidad de convertirse, junto con su comandante de unidad, en los dos primeros oficiales en entrar con un jeep en París, en las horas previas a la liberación de la ciudad, el 24 de agosto de 1944. Llevaban mensajes de De Gaulle para la jefatura de la Resistencia. Este honor le fue reconocido en 1998 por el alcalde de la ciudad, Jean Tiberi. "La liberación de París fue una locura -recuerda-. Transitábamos entre millones de personas. Las mujeres besaban a todo el mundo. Todavía tengo una foto mía en el día de la liberación tomada en el Hotel de Ville, donde aparezco yo con cara de bronca. Es que me habían robado todos los cigarrillos y las cosas de limpieza." Luego, Iriart, siempre inquieto, sería asignado al frente de una sección de 60 hombres, casi todos republicanos españoles que venían de Africa, adonde lo enviaron precisamente por hablar español. La unidad integraba el Regimiento de Marcha del Chad, que originalmente había sido de camelleros, hasta que los camellos fueron reemplazados por los más modernos y funcionales blindados. El distintivo del regimiento era un camello con una cruz y un ancla dorada, porque en un principio había pertenecido a la Infantería de Marina. "A mí me nombraron al frente de la unidad -señala- tras haber sido gravemente herido su anterior comandante. Cuando me presenté ante ellos, me encontré con los soldados españoles, recios, barbudos, y yo tenía una cara de 18 años, siempre parecía un poco más joven de mi edad. Un capitán me presentó en francés. Entonces les hablé a los soldados en castellano y uno de ellos gritó: ÔTeniente, usted habla castellano, ¿de dónde es?´ ÔDe la Argentina´ -contesté-. ÔTengo una prima allá -insistió-, Josefa Díaz de Rosario, ¿la conoce?´ ÔClaro´, le mentí. Ahí me los empecé a ganar. Eran mayores que yo, y hoy los que quedan con vida rondan los 85 y 90 años. Muchos eran comunistas y anarquistas, aunque uno al que le decían Palito (porque tenía un dedo tieso) había peleado junto a la División Azul de Franco contra los rusos, algo rarísimo." En tierras del Reich Junto a estos hombres curtidos, Iriart peleó duramente a través de Alsacia y de la frontera alemana, entrando al territorio del Reich por Estrasburgo y abriéndose paso por la Selva Negra. Le tocó enfrentar a los restos de la durísima división panzer Das Reich de las SS, así como a la Hermann Goering. "El soldado alemán -reconoce- era un soldado muy bueno, muy resistente. Obediente, disciplinado (tal vez demasiado disciplinado). A los de la Wehrmacht los respetábamos muchísimo. A los de las SS los teníamos por muy duros. "Los de la Wehrmacht eran muy profesionales, no cometían atrocidades. Cuando entramos en Alemania, en todo momento tuvimos enfrente a la división Hermann Goering. Sus soldados eran muy buena tropa, muy curtidos, morían en su puesto sin problema. Incluso, cuando caímos en alguna emboscada, los prisioneros alemanes que llevábamos con nosotros ayudaron a trasladar a los heridos. Uno de mis hombres se salvó porque un prisionero alemán lo ayudó bajo fuego enemigo." En aquellos lejanos días del fin de la guerra en Europa, a comienzos de 1945, le tocó a Iriart participar de la toma del exótico y bello castillo de Neuschwanstein, construido por el delirante Luis II de Baviera (donde encontró prisioneros aliados), y convertirse en uno de los primeros en llegar al refugio montañoso de Hitler, el Berghof, que dominaba desde las alturas a Berchtesgaden, adonde llegó a comienzos de mayo, después de que hubieran bombardeado el lugar los aviones Mosquito británicos. "En el refugio de Hitler -señala- no quedaba ya nadie. Sólo encontramos el cadáver de un coronel de la Wehrmacht que se había suicidado en un corredor y que todavía sujetaba una carpeta. Como no teníamos una bandera francesa, terminamos colocando una holandesa que encontramos en los alrededores, y la pusimos en forma vertical, para semejar la enseña gala." Apenas concluida la Segunda Guerra Mundial (tras ser condecorado por su admirado De Gaulle con la Cruz de Guerra con Palmas del Ejército francés), Michel Iriart quedó, sin saberlo, envuelto en otro conflicto bélico, mucho más cruel todavía, como sería el de Indochina. "Nos fuimos de una guerra a la otra -destaca- porque el Vietminh había empezado a operar, ayudado incluso por algunos ex combatientes japoneses que habían sido declarados criminales de guerra por los aliados y se habían unido a los comunistas. Estos japoneses eran durísimos. Cuando peleábamos con el Vietminh nos dábamos cuenta enseguida si había japoneses en sus filas por lo recio que se ponía el combate." Como prueba cabal de lo que cuenta, Michel Iriart puede exhibir en una de sus manos, donde una mancha negra señala la presencia inconfundible del metal bajo la piel, el punto donde se alojó la esquirla de una granada japonesa recibida en Indochina. "Lo fui a ver a un amigo médico para preguntarle qué hacía con ella. ÔGuardátela de recuerdo´, me dijo. Es el Ôrecuerdito´ de un oficial japonés con el que me encontré cara a cara en las selvas de Indochina. El tipo, de repente, sacó una granada y la tiró entre los dos, el loco. Yo hice un vuelo como de veinte metros y me alcanzaron varias esquirlas. El japonés, en cambio, quedó frito." Contra el Vietminh, Iriart recuerda que se combatía especialmente de noche. "A nosotros nos costó al principio, el primer mes fue muy duro. Después ya nos acostumbramos, porque sabíamos una serie de cosas. Cuando ladraban los perros de un lado, por ahí venía una columna enemiga. Eran maestros en el arte de la emboscada y se arreglaban siempre para estar en superioridad de condiciones. Para esperarlos y sorprenderlos, nos metíamos de noche en los cementerios, en las tumbas recién cavadas y abiertas. Cuando se acercaban, salíamos de las fosas gritando y disparando, y los comunistas se llevaban un buen julepe. Era una guerra dura y traicionera, sin frente ni retaguardia." Michel Iriart asegura que, al lado de la de Indochina, la Segunda Guerra Mundial no fue tan cruel, señalando además que por poco se salvó de participar en otra aún peor. "El general Massu quiso llevarme también a Argelia, como paracaidista. ÔNo mi general -le dije-, no quiero (todavía no había guerra declarada en el lugar). Usted sabe que soy oficial de campo, no de cuartel. A mí me gusta la pelea, la aventura, nada de un-dos, un-dos y a desfilar.´ ÔEs una pena -me dijo-, podrías llegar a general.´ ÔSí -le contesté-, pero me voy a aburrir mucho. Prefiero no ser general y divertirme." Historias de veteranos Así, Iriart regresó a la Argentina, donde se destacó como periodista en la agencia France-Presse (en la que había trabajado su padre), alcanzando allí importantes cargos y entrevistando a personalidades como Nikita Khrushchev, Fidel Castro, Lyndon B. Johnson, el sha de Persia, y cubriendo notas que lo retrotraían a sus años de acción, como los severos incendios de bosques en el Mato Grosso en 1963, o el naufragio del barco Ciudad de Buenos Aires en el Río de la Plata. Entre tanta lucha, viajes y aventuras, tuvo tiempo para formar junto a su exquisita esposa, Helene de Alarcon (nacida en Madrid, pero educada en Francia), una familia integrada por tres hijos, Miguel Mariano (aviador naval de la Armada argentina) Anne Marie y Helene (las dos psicólogas) y cinco nietos. En el final de la conversación, Iriart no puede concluir sin señalar su participación, que exhibe con orgullo, en la Asociación y Unión Francesa de ex Combatientes ( los legendarios Anciens Combattants). "Esta organización -aclara- se creó en realidad en 1920, con los veteranos franceses de la Primera Guerra Mundial radicados en la Argentina. Llegó a incluir a 400 ex combatientes de las dos guerras mundiales. Hoy funciona en una casona en la calle Santiago del Estero. Allí todavía nos reunimos los cuatro veteranos que aún quedamos con vida para recordar los buenos viejos tiempos. El más joven de nosotros tiene 76 años", concluye Michel Iriart, hombre de acción, fino periodista y estimulante conversador, que paseó su aventurera figura por algunos de los escenarios más dramáticos de la historia contemporánea.






















1 comentarios:

Ricardo dijo...

Michel Iriart ademas es un excelente ser humano y amigo. Nos conocimos cuando yo era corresponsal de la agencia britanica de noticias Reuters. En ese entonces, ambas agencias compartiamos el mismo edificio en la Avenida Corrientes. El gusto enorme que me da verlo tan jovial y dinamico como siempre.